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Tomar el fresco

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    Hubo una época en la que, en las noches tórridas de verano, aquellas en las que no se movía ni una brizna de aire que las hiciera mínimamente soportables, la penuria económica que imperaba en gran parte de los ciudadanos no daba para irse a una terraza a "tomar el fresco" todos los días. De manera que, en la medida que te alejabas del centro de la ciudad, especialmente en los barrios, la gente sacaba unas cuantas sillas a la calle, y allí se pasaba unas cuantas horas de tertulia con los vecinos, dando tiempo a que las habitaciones de la casa se contagiaran algo del fresquito que empezaba a aparecer a aquellas horas de la noche, cuando el día entraba en sus últimos compases. Tal circunstancia provocaba dos situaciones: una, que la gente salía de su casa; y dos, que se relacionaba con sus vecinos. Trasladando esa misma escena, la de las noches calurosas del estío, a la época actual, puede observarse que la gente no se comporta de esa misma manera. Porque: primero, no hay necesidad de salir a la calle, basta poner el aire -acondicionado o no- para quedarse en casa, tan ricamente, leyendo un libro, viendo la tele o navegando por internet; y segundo, en el caso de decidirse a salir, el que más y el que menos suele contar con unos cuantos euros que le permiten poder tomar una cerveza en cualquier terraza de la ciudad.

   Vista así la cosa, podría dar la impresión de que se ha avanzado bastante en eso que se ha dado en llamar "calidad de vida", pero si lo analizáramos en detalle observaríamos que en realidad no es exactamente así; vamos, que no es oro todo lo que reluce. Cáigase en la cuenta de que, en el pasado, la gente, gracias a que salía a tomar el fresco, no solo estaba al tanto de cómo lucían los geranios del balcón de fulanito, o si la vieja higuera, de la huerta que tenía menganito había dado buenas brevas ese año, sino que llegaba a conocer más a fondo a sus vecinos, estaba al tanto de sus logros y dificultades, y de su salud y sus achaques, de manera que se encontraba en condiciones de poder interesarse por ellos y echarles una mano si era menester, o de darles ánimo si es que estaban pasando por una situación adversa. Había una solidaridad no aprendida, se brindaba cuanquier cosa que el vecino pudiera necesitar.

   Hoy en día ignoramos la vida y milagros de nuestros vecinos, es más, ni siquiera los conocemos, a pesar de cruzarnos con ellos todos los días camino del ascensor. Es tal la distancia que nos separa de ellos que, a veces, puede dar la impresión de que viviéramos en países diferentes. Lejos quedan aquellos tiempos en que iba con mi padre al cine de verano y mi padre iba dando las buenas noches a todos los grupos que tomaban el fresco. "¿Los conoces a todos?", le preguntaba yo, y él me respondía: "No, pero a nadie se le niega el saludo".

    Cierto es que la manera en que se desarrolla el estilo de vida actual permite preservar, en parte, nuestra intimidad, y evitar que lleguen a convertirse en vox populi nuestras costumbres y manías; pero no es menos cierto que, en determinados momentos, podemos llegar a sentirnos solos, o agobiados, y, en esas circunstancias, nos gustaría contar con el apoyo de la gente que más cerca tenemos o, al menos, departir con alguien que esté dispuesto a escucharnos. Claro que muchos podrán decir que para resolver tales problemas ya están los psicólogos, que siempre pueden echar una mano, pero lo cierto es que no es lo mismo.

    Otra cosa que venían a resolver aquellas reuniones nocturnas era dar pábulo al viejo arte del "parloteo", que no era sino un preludio de lo que, años después, aparecería a bombo y platillo en televisión, en los programas de "tertulias" y "cotilleo". Algo que ya en el siglo de oro se encargaban de hacer las comadres, y que en la época en que la gente "tomaba el fresco" se extendía también a los hombres. Pero, a diferencia de la tele, donde todo viene impuesto, incluido el tema a tratar y los personajes elegidos -en general desconocidos, y de perfil muy bajo- que a la gente deberían importarles un pimiento, los temas que se debatían, sentados en aquellas viejas sillas de anea o esparto, respondían a las preferencias de los vecinos; de manera que si había habido una competición deportiva o una faena del torero de moda el día antes no hacía falta devanarse los sesos para saber que ese era el asunto a tratar, dado que, por aquellos años a nadie se le ocurría ponerse a hablar de política. En tanto los adultos se explayaban hablando de "los temas de mayores", los niños correteaban por las plazuelas, jugaban a juegos de niños y las niñas a juegos de niñas, en una atmósfera de despedida inconsciente de aquella forma tan sencilla de entender la vida.

   Con relación a los cotilleos, indicar que respondían a temas de cierto interés, puesto que giraban alrededor de personajes conocidos en la ciudad o, en su defecto, sobre vecinos del barrio (obviamente no participantes en la tertulia) de manera que todos los que allí estaban disponían de alguna información para poder aportar, o algún chascarrillo oído por el patio mientras tendía la ropa.

   Aunque "tomando el fresco" se trataran temas pueriles o livianos, lo cierto es que aquellas tertulias de verano tenían más interés que las que ahora ofrecen los medios de comunicación, porque la participación activa de la gente de entonces no tenía nada que ver con la pasividad que ahora envuelve a los espectadores televisivos. De manera que, en eso de las tertulias y el cotilleo, no se ha avanzado demasiado. Más bien se ha retrocedido. Porque cada vez que perdemos el tiempo en informarnos de cómo le pone los cuernos fulanita a su última pareja o de la relación de tal con cual, estamos dando un paso atrás en el conocimiento y en el tiempo.

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Comentarios Tomar el fresco

Como hecho de menos esas tertulias en el fresco en la puerta
Juana Juana 24/08/2016 a las 11:21
Tantas cosas buenas se perdieron. Un abrazo, Juani.
Me hubiera gustado disftutadu de estos tiempos pasados
Montserrat Mercader Terrats Montserrat Mercader Terrats 25/08/2016 a las 16:38
La memoria se hace nostalgia cuando ya es imposible separar la obra de la escena –nadie, además, hace el mínimo esfuerzo por separarlas; todo lo contrario-, cuando una imagen te lleva a una calle, a un olor, a una tristeza, a una emoción; o cuando una calle, una emoción, un olor o una tristeza te llevan a una imagen.
Recuerdo aquellos tiempos con mucho cariño. Había como más ilusión, aunque nos los recuerden como tiempos negros. También es cierto que al recordar nos quedamos sobre todo con los buenos momentos.
Gracias, Montse.
Nos daban las tantas sentadas en la silla de anea apoyadas en la bajera negra .
Maritoñi Maritoñi 26/08/2016 a las 20:32
Yo también lo echo de menos,
TONY TONY 28/08/2016 a las 05:40
Josillou toca un tema que parece baladí pero que a mi me reflexionar en parecidos términos. Hago hincapié en "compartir con la gente". Ese hablar con todos los que están y los que pasan, hacía la noche llevadera y a la vez muy agradable. Meterte en casa para estar fresco con aire acondicionado y ver televisión o entrar en internet se puede hacer en cualquier momento del día, la charla y tertulia con familiares y vecinos no. Son recuerdos de infancia ligados, a la silla de enea, el botijo, las macetas, los saludos, amistad, familia, vecinos, "cuchicheos", juegos infantiles, puertas abiertas...... y sobre todo nostalgia.
Juan Lendínez Carrillo Juan Lendínez Carrillo 02/09/2016 a las 11:07
Yo e vívido y sigo viviendo las tertulias en la puerta con mis vecinas, es lo que más me gusta del verano.
Las más mayores nos dicen cuando nos ven con los móviles.... niña que dice ese aparato, hoy les voy a leer este artículo que me a encantado.
Porque vivir en un pueblo es lo mejor que hay
Leonor Leonor 08/09/2016 a las 21:08
Yo he vivido muchas tertulias nocturnas en barrio inolvidables,de risas y charlas, pero ya no es lo mismo,a cambiado mucho todo y no dejan pasar ni una mosca ya,gente nueva.
Juani Juani 09/09/2016 a las 00:30
Es verdad nosotros en verano gracias al la piscina comunitaria vivimos tardes de tertulia aperitivos y cenas en la cual cada uno aporta no que tenga a mano en casa. Y charlas y cine de verano. Se acaba la época piscina y hasta el año que viene.
Pilar Pilar 10/09/2016 a las 10:24
Mis padres tambien salian y empezaban la noche de san juan ,en la hogera hacian patatas con las brasas y mi madre siempre le decia no pongas tantas q no vendra casi nadie y el ponia si escucharla mucho, despues cuando pasaba una hora aparecia un vecino q tenia un nivel social mas alto con botellas de cava otro con pan o coca y asi hablaban de vecinos q yo ni conocia , supe quien era hijo de tal y cual. Recuerdo con cariño aquellas noches.
Maria jose Maria jose 11/09/2016 a las 11:00
Recuerdos entrañables

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