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Tiempo de forajidos

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   Mi padre guardaba la viña y las granadas, en un arandal que ejercía de sombrajo y luego en un chozo que se cubría de pajón y hojalatas, reatados con cuerdas de pita o esparto para que no se lo llevaran los vientos. Muchas veces dormía yo bajo esas cubiertas artesanales y sentía un placer especial en contemplar las estrellas fugaces de las noches de agosto y escuchar la lluvia crepitar sobre las chapas del chozo ya en octubre. Me hacía sentirme a ratos indio sioux o trampero de Tennessee. Había hambre y ningún racimo estaba protegido suficientemente de los que pasaban esa hambre endémica, pero a pesar de la necesidad, los pequeños robos podían estar justificados por una necesidad perentoria, pero casi nunca se iba más allá, como se dice ahora, de una medida proporcionalidad.

    Después vinieron tiempos de relativa abundancia y se abandonaron cultivos poco rentables y aparecieron egidos y vertederos de toda clase de desechos domésticos y perdimos la relación secular con nuestro medio. 

    Luego vino la crisis sempiterna. Los estragos de la crisis en la industria del lumpen han animado a muchos desalmados a echarse al campo y al descampado para saquear cualquier material susceptible de ser vendido bajo cuerda. Toda cosa a la intemperie, o a la temperie sin un guardia de seguridad cerca, es carne de robo. Ya se preocupan estos indeseables parásitos de ir armados con todo tipo de herramientas para destruir aquello que con tanto esfuerzo se construyó y a lo largo de tantos años se conservó.

    Primero arramplan con toda clase de elementos de valor, luego con cables, motores, utensilios de diversa antigüedad y luego destruyen todo lo que se les pone por delante para llevarse algo que pueden vender. Se puede destrozar una chimenea por un poco de hierro, la instalación eléctrica por un poco de cobre, un antiguo lavadero por llevarse las piedras labradas y alisadas por siglos de uso. Se pueden destruir casas enteras por sustraer una cancela o una puerta metálica, se puede cortar un árbol para no molestarse en subirse a él para robar sus frutos.

    En los yacimientos arqueológicos, los piteros intentan encontrar monedas, figuras, cerámicas, mosaicos, etcétera. Pero las bandas de la rebusca son menos historiadas. Leo que en la Cueva del Vaquero (Alcalá de Guadaíra) se llevaron el vallado perimetral de casi todo el yacimiento. Un conocido de un pueblo de Jaén me cuenta que una instalación de riego continuo dotado con una serie de bombas alimentadas por la corriente continua de unos paneles solares fue inmediatamente asaltada y destruída después de llevarse los paneles.

    Las bandas no son hijas del bandolerismo. Unas arramplan con la fruta, otras con el cobre, también acosan las que cogen utillaje, las más osadas se llevan maquinaria. Tampoco olvidemos el salto de la reja en los colegios e institutos para llevarse ordenadores. El traumático robo en los domicilios aprovechando el éxodo vacacional es peccata minuta al lado del sistemático rastreo de fincas, polígonos indusriales y caminos secundarios a los que esquilmar. El pujante sector de las energías renovables, nuevo latifundista en las provincias andaluzas, ha de blindar sus tinglados ante el acoso de los ladrones. Cortijos y caserías, maravillosos patrimonios de nuestra civilización y nuestra forma de entender la vida, y que he conocido desde siempre hoy son ruinas socavadas, no ya por el paso del tiempo sino por la labor de zapa de estos amigos de lo ajeno.

    Está por escribirse la novela sobre la rebusca en la España del siglo XXI. El hambre ya no roba gallinas, acude a los comedores sociales y, como mucho, sisa en los supermercados. La Policía ha de combatir el submundo de los chatarreros, joyeros y vendedores ambulantes que dan alas al expolio generalizado, comprando material robado para colocarlo de nuevo legalizado en el mercado. Esto ya no es la época de los quinquis. Sus perfiles son mucho más afilados. Tenemos entre nosotros a mafias organizadas y globalizadas que mueven sin fronteras sus botines y sus ingresos. Recordemos el robo del cable del AVE en Cataluña.

   Tiempo de forajidos: de cuello blanco, pero también de mono azul.

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Comentarios Tiempo de forajidos

Totalmente de acuerdo , ya te dije esta tarde que cortaron mis cables por dos miseros euros que le darían por el cable , ya vale todo , un abrazo
Carmen Buitrago Jimenez Carmen Buitrago Jimenez 10/11/2015 a las 22:03
Manos largas (que no blancas) siempre las hubo, hay y abra.
Y esta España cañí, aparte de una debilidad por lo ajeno que te cagas, desde que tenemos conciencia, expertos en hurtos y escaqueos ... paquecontartepepiño.
Bicosss

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