Avisar de contenido inadecuado

Mi querido olivo

{
}


 TAGS:



El olivo es el árbol tópico de Jaén. También en otros sitios, pero no se entiende Jaén sin el olivo. Muchos, muchos olivos hay en la campiña, en la sierra de Jaén. El olivo es un árbol retorcido y atormentado al parecer, pero sin embargo, feliz. El olivo, además, es un árbol reconcentrado, un árbol solitario por más que se agrupen o los agrupen alineados en marco real o tresbolillo, un árbol soñador. Se deja cortar los chupones que salen todos los años y se adapta a la forma que queramos darle.

El olivo no clama al cielo como los violentos cipreses afilados como puñales, ni se corona de espinas como las acacias, ni es arrogante como los eucaliptos inabarcables, ni los ailantos, que vinieron de muy lejos a contaminar y empobrecer nuestros suelos, ni renuncia a su dignidad de ser de lo alto como los sauces y otras especies lloronas y desanimadas, ni se desnuda nunca de su terno verde azulado o verde oliva.

El olivo es un árbol filosófico y un árbol poético que procura usar, como los filósofos y los poetas (seres también reconcentrados, solitarios y soñadores), las palabras justas, los silencios justos, el ritmo justo de la existencia. Por eso son maestros para todos aquellos que sepan escucharles: transmiten una sabiduría antigua, intemporal; una sabiduría que sabe a tierra y a corteza y a sol y a las aves que se posan en ellos y a los insectos que los recorren y a las manos que los zarandean o varean y a los amantes que, a escondidas, se susurran y se acarician bajo su noche eterna.

El olivo tarda en madurar, en hacerse grande. Cuando se planta un olivo se hace pensando en generaciones en ciernes o apenas atisbadas. Un olivo, o mejor, una oliva que dicen los hombres de campo, sin hacer caso de diccionarios ni academicismos, “está en tó lo suyo” cuando tiene 70 u 80 años. La suya es una maduración sin impaciencias, ensimismada, una maduración que se pone en sintonía con la Naturaleza y se deja llevar por ella.

Madurar, como enseñan los olivos, que se elevan sin despegar y que tienen parte de sus raíces en la tierra y otra en el sol, es, entonces, cultivar una distancia, una grieta, un salto, una duda, y hacer que esa distancia, esa grieta, ese salto y esa duda se giren hacia nosotros, los que los miramos embelesados y nos encaramamos a sus ramas movidos por el deseo, y nos reconozcan.

Todos los olivos, uno por uno, son lugares santos, centros de energía, la luz al final de un túnel, cualidades ultramundanas, pero con sabor a un mundo sin trampas, que comparten sus derivados, sobre todo la aceituna y el aceite, dos productos tan nuestros, tan jaeneros, tan andaluces, y al tiempo tan universales. Por eso el olivo ha sido tan elogiado desde hace miles de años (en Grecia, en Oriente Próximo, en Roma, en todas las civilizaciones que se han afincado por algún tiempo en la Península Ibérica) y ha generado mitologías y una cultura propia.

Caminamos por el otoño. Antes de que el aceite empiece a invadir la drupa amarga, fruto del olivo, se recoge la aceituna de agua, gordales y cornezuelos, ordeñando con cuidado las ramas para deleitarnos luego con su aliño de mil recetas tradicionales aquí y en mesas de medio planeta. Aceitunas rajadas, o machacadas, endulzadas amorosamente, mientras toman el sabor montaraz del tomillo, de la sosa o la salmuera.

Aceitunas y aceites que son nuestro tesoro más genuino, la sangre que corre por nuestras venas, lo que da color y gusto al alma de los que habitamos esta tierra, nuestro mejor pasaporte para viajar al extranjero (y para viajar a la luna). Aunque ahora estén dejados y olvidados por los mercados, ojalá vaya bien la temporada pero es que hace pocos días que empezaron a caer las primeras lluvias otoñales. Agradecidas, brillan ya las aceitunas gordales, picuales, hojiblancas, cornicabras, manzanillas o lechines y así hasta más de doscientas variedades. Ojalá la cosecha pueda llegar a feliz término. 

Aunque la calidad está asegurada de antemano: esas olivas y ese aceite solares, resplandecientes y sabrosísimos, llevan siglos brotando de nuestros campos superándose año tras año. Y ojalá traiga algo de bonanza a sus heroicos recolectores y algo de riqueza a los pueblos de Jaén.

Nos seguimos viendo, mi querido olivo.

{
}
{
}

Comentarios Mi querido olivo

¡Qué preciosidad! ... menuda página, vamos que te doy un mas diez!!!!
Según leía, sonaban en mi mente los acordes de la canción de Jarcha y Paco Ibañez, de un verso de Miguel Hernández "Andaluces de Jaén" ... ¡que maravilla!
... me quito el sombrero, andaluz de Jaén ...
Sentada bajo un olivo ... te espero para ver ese verde.
pues a mi me recuerda cierto poema, es por los adjetivos que usas, retorcido, atormentado, aunque este que te voy a contar si que clama al cielo. Lo mismico que si fuera tuyo o por lo menos compartes la misma visión, desde el mismo prisma ¿no?
OLIVA.
Brote del alma de tierra dura
raíz de tormento que se revela
en tronco herido y resquebrajado
lanzando un grito mudo, arrojando
baras verdes y plata al cielo
Oliva blanca de flor en primavera
tiñe de semen amarillo el viento
Otoño, preñada de negra aceituna
de piel de cera y sangre dorada.

 
aceitune@ aceitune@ 09/11/2011 a las 09:32
Esta claro que cuando los reyes catolicos ordenaron arrancar todos los olivos del reino de Galicia, sabian el daño que hacian, solo permitieron los que estaban en los atrios de las iglesias.El olivo de la imagen arriba , es increible la edad que debe tener.En Vigo ,conocida como la ciudad olivica, se conserva uno de 157 años con una buena historia detras y que incluso esta presente en el escudo de la ciudad.Otro dato curioso que aprendi en la mancha es que las ramas que brotan alrrededor de su tronco y que no sirven para nada, por lo que son cortadas se llaman "mamones".
temple temple 09/11/2011 a las 09:54
Relativo al verde te pongo un poema de Diego Jesús Jiménez, al que conocí personalmente:

Color solo - Diego Jesús Jiménez 
¿Cómo, entonces,
salir de aquí? ¿Intentar la aventura
de salir de este tiempo
de desolación?
El verde claro
que nos trae la alegría y la esperanza, no como el del musgo o el de las botellas,
llenos de incertidumbre y de sollozos, o el verde ya oxidado
del tiempo; ni tan siquiera el de la manzana o el del oleaje
porque no tienen ojos ni cintura. Ni los verdes del puerto, porque están en silencio; ni
aquellos
que nos dicen adiós desde las estaciones o desde la ventana.
Ni el de los cuarteles o el de las casullas
porque jamás dan flor. Yo digo el verde de la infancia
que no nos deja solos nunca, y vive y sueña
y morirá con nosotros; o el de ese vestido
que lo levanta el aire a nuestro paso, y nos mira y acepta desde
su inocencia infantil; no el de ese otro
que anda desde la amanecida en bata
y nos ve con recelo; ni ese que está siempre
con los ojos en blanco; ni el que se santigua
porque no tiene fe.
Yo hablo del verde que está solo
y que es aventura, del verde de los mares
porque no tiene rumbo, del que nace en los sueños
porque no nos olvida.
Hablo del verde
que nos mira a los ojos
y jamás siente miedo.
Zurbarán lo pintaba
con racimos de uvas y en mesas florecientes. Yo lo recojo ahora
del juego de esos niños que están ahí, en las sombras,
cerca de casa. Toco ese verde
que se encoge de hombros
porque es inocente, y sus pechos me miran
ligeros como gestos, tiemblan
de amor bajo las estrellas.
La verdad es que el olivo y la cultura del aceite siempre ha estado presente en esta tierra. Hay olores característicos que no se pueden olvidar. Antes, cuando el aceite se vendía a granel en las almazaras recuerdo entrar con mi padre en esos depósitos enormes donde un operario rellenaba las grandes damajuanas de cristal ayudándose de un enorme embudo y luego, ir a la oficinilla donde el "escribiente" anotaba el estadillo de cuentas de cada cosechero.

Olores como el alpechín, la jamila y la algarabía que se formaba en torno a las trojes, cuando acudían los arrieros a pesar sus capachos llenos de aceituna. Toda una cultura.
Es curioso como se llaman en sitios diferentes de forma parecida. Esos mamones son en la zona de Úbeda llamados chupones y es un trabajo que hay que hacer todos los años: cortarlos con una pequeña hacha y amontonarlos para prenderles fuego. Es un trabajo que se llama "chuponar" y suele hacerse en los meses de verano.

La verdad es que el olivo es un árbol inmortal, porque precisamente por esos chupones se va regenerando, cuando se seleccionan los que sustituirán al tronco viejo. En Mallorca hablan de olivos milenarios y la verdad es que son monumentos al retorcimiento.

También te diré que no siempre Jaén fue una gran productora de aceite. Cuentan las crónicas que hace un par de siglos recuas de arrieros iban a comprarlo a la zona de Sevilla, porque Jaén era más bien una provincia (cuando todavía no había provincias) cerealista y vitivinícola.


Qué arbol (o planta) este amigo Pp, encima que le das una paliza a palos, te premia con un tesoro
Un saludo amigo, y agradecido por tu visita....
wiwi wiwi 09/11/2011 a las 14:18

Deja tu comentario Mi querido olivo

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre