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Un paseo por el cementerio

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Cementerio de Úbeda


Pues sí, ya es de nuevo Todosantos. Parece que fue ayer cuando pensábamos en adornar el nicho de mi padre con flores del tiempo y ya ha pasado otro año. Qué vértigo. Parece un complot entre el cambio climático y los supermercados. Mientras el aire se ha hecho tibio, aunque hay gente que ha desempolvado toda su artillería de plumones y sobretodos, el masymas de la esquina y el Mercadona de la calle de arriba ya tienen de oferta los turrones de Navidad. Es como si todo lo que debe hacerse en otoño quedara comprimido en este fin de semana largo: cambiar la hora, purgar los radiadores, celebrar la castañada, comer boniatos y gachas con tostones, cazar algún níscalo esporádico y, por fin, visitar el cementerio.

De todos estos rituales de otoño, el recuerdo para nuestros muertos es el único que no cambia, aunque con eso de las cremaciones, los cementerios floridos morirán por falta de clientela. Cada vez se representan menos tenorios y la castañada y la boniatada pierde terreno ante Halloween, esa fiesta foránea que gana adeptos sobre todo entre los más jóvenes. Pero llega Todos los Santos, y los vivos repetimos el mismo ceremonial. Los primeros minutos en el cementerio suelen estar dedicados a la familia. Se limpian las lápidas, se ponen las flores, quien quiere reza un padrenuestro. Luego siempre hay alguien que cuenta una anécdota de los muertos cuando estaban vivos, con un toque de humor negro, y el recuerdo traspasa los años y las piedras y de repente notamos su ausencia. La sensación no dura más que unos segundos, pero es suficiente.

Luego, como cada año, damos una vuelta por el cementerio. Esta parte de la visita, mezclando memoria y chismorreo, es la más agradecida. Mi abuela Magdalena, que ya habría cumplido 111 años, la tía Paca, el primo Ángel, tío Paco y tía Antolina. Pasamos frente a las tumbas de amigos, conocidos y saludados, y recordamos la última vez que los vimos. Nos desviamos para reencontrar la tumba de algún prócer y leemos en voz alta su nombre y sus fechas. Entonces alguien dice: «Aquí todos somos iguales». Nos fijamos en las lápidas con foto y comentamos la sonrisa que todavía lucía aquella persona y que aquella otra ya tenía mal aspecto cuando estaba viva. Leemos el epitafio de un excéntrico, admiramos o criticamos los mausoleos de las familias ricachonas. Ante los nichos de quienes murieron hace poco, y que suelen acaparar más ramos de flores, nos paramos más tiempo del necesario. Alguien no puede reprimirse y sentencia: «No somos nada».

Los abuelos y los que están pasando una mala temporada son los que más se divierten con el paseo por el cementerio, quizá porque así certifican que aún están vivos y lo pueden contar. Los jóvenes se cansan enseguida. La muerte les coge a trasmano, aunque después de tragarse tantas películas de zombies y vampiros adolescentes, entre tumbas puede que se sientan muy a gusto. No habría que descartar algún flechazo.

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Comentarios Un paseo por el cementerio

a mí me gusta halloween , y como boniatos y vino de pasas.... este año no he comprado castañas , pero he puesto la vela como todos los años en memoria de los muertos... me ha gustado tu post .. es justo como es...
así lo vivimos todos ...........y así lo morimos..

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