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La olvidada Urbanidad

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Había libritos de Urbanidad, alguien puede que los recuerde. El caso es que con sencillas máximas se daban pautas para respetar a los prójimos y a los vecinos. Había un compañero de clase que cuando le preguntaban por su nombre respondía: “M. D. J., para servir a Dios, a usted y a todos los presentes”. Me parece excesivo, pero tenía su gracia. Lo que no tiene gracia es lo que me ocurrió ayer.

Estaba yo sentado en una mesa esperando un acto en un congreso y la gente que llegó después a cubrir los asientos vacíos, todos ellos y todas ellas bien vestidos no se dignaron siquiera a saludar ni a mirar. ¿Será éste el nuevo paradigma de la educación actual? ¿Sentarse a la mesa como verdaderos y verdaderas acémilas, sin una pizca de consideración hacia mi o hacia quien fuera? La gente de campo, analfabeta o semianalfabeta de los tiempos de mi padre sabía comportarse de una forma infinitamente más caballerosa y educada. Eché de menos la Urbanidad.

Urbanidad es comedimiento, cortesía, buenos modos, aunque me temo que hoy puede haber quien la confunda con un comportamiento pijo; sin embargo, la urbanidad es todo lo contrario de lo remilgado y ñoño. Implica naturalidad, normalidad y respeto en el trato con los demás, ya sea en familia o en sociedad. Se trata de adoptar una actitud de sencillez en las relaciones con los demás y con uno mismo, naturalmente. Nunca puede utilizarse para generar distanciamiento con el interlocutor o situarnos en un plano de superioridad, pues estaríamos contrariando la esencia de la urbanidad, basada en la sencillez y en la naturalidad. Ahora bien, que nadie equipare la sencillez al “colegueo”.

Cualidad inherente a ella es el comedimiento, es decir, la moderación al hablar, comer, divertirse, vestirse,... El respeto, es también consustancial a la urbanidad; respeto a uno mismo y a los demás: forma de dirigirse al interlocutor, tono de voz, cortesía, lenguaje, buen gusto, tolerancia...

Es demasiado frecuente constatar el lamentable estado de plazas, calles y jardines tras un espectáculo público o las fiestas de los fines de semana. ¿Recuerdan cuándo fue la última vez que vieron a unos padres invitaran su hijo a ceder el asiento a una persona mayor, o la preferencia para entrar en un local?

Algo tan sencillo como comer o beber se enseñaba en la olvidada asignatura de urbanidad: “la mano a la boca, no la boca a la mano”, nos decían. ¡Qué decir del irrespetuoso uso que hoy se hace del teléfono en reuniones, medios de transporte, locales públicos, en familia y entre amigos o en el despacho de un profesional!

Porque no somos Robinson Crusoe, porque convivimos con otros seres humanos, debemos comportarnos conforme a eso que antes llamábamos urbanidad y se enseñaba en casa y en las escuelas.

El hecho de que hoy no esté de moda, no significa que haya perdido vigencia. Hay mucho que hacer, porque ya son varias las generaciones que han salido de la escuela sin una disciplina tan elemental como la urbanidad.

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