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No se olvida

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 Hace tres meses se fue mi madre. Lo consideramos algo natural a pesar de que la muerte vino rápida y terrible, aunque parece ser de que ella no fue muy consciente de su acabamiento. Su lucha terminó. Había vivido y le tocaba morir, pero la muerte siempre nos pilla de improviso, sin estar preparados, a traición.

   Hoy se cumplen diez años de la muerte de mi padre, un hombre sencillo, anónimo y la muerte cobra sentido incluso en la cultura occidental, donde se elude recordarla. Nadie volvía de la muerte, esa oscuridad eterna precedida de un relámpago de luz que era la vida. La muerte de los otros tiene sentido, ley de vida. Sin embargo, cuando se trata de uno mismo la cuestión no parece tan natural. Me pregunto cómo será la mía. ¿Rabiaré? ¿Me resignaré? ¿Pensaré en Dios? ¿Apostaré como Pascal? ¿Lloraré por mí? ¿Alguien llorará por mí? Por muchas vueltas que le doy sigo sin encontrarle sentido a la idea de haber vivido y, de repente, dejar de vivir. 

  Hoy, Día de la Mujer, onomástica de mi hermano Juan de Dios, quiero tributar un recuerdo para mi padre. 

   Mi padre murió un 8 de marzo de hace justamente una década. Tenía un enfisema pulmonar, pero hasta poco tiempo antes había estado trabajando en su huerta, en la calle Valencia de Úbeda, mi pueblo. Fue uno de los últimos hortelanos, que era capaz de consumir días enteros limpiando de hebreos, verdolagas, ballico, etc. sus eras de acelgas o cebollino.

   Ese trabajo era más duro que otoñar para viña. Lo sé porque he hecho de todo en la huerta. Mi padre era afable, cariñoso y de una sencillez que apabullaba, con su pelo blanco y abundantísimo, con esa sabiduría que muestran las gentes sin estudios, pero con un sentido de la vida que no se aprende en los libros. A veces lo veías preocupado porque los tomates tenían mala color o a las habas le había aparecido el hopo demasiado pronto.

   Mi padre tenía un concepto muy particular de la salud. Si comías abundantemente no había rayo que te partiera. Se le quedaron grabados en la memoria aquellos años del hambre en los que poder hacer una comida al día era una epopeya. Se le veía sufrir cuando alguien dejaba algo en el plato, aunque no dijera nada. 

   Desde que desapareció mi padre todo ha sido esquilmado, la casa hollada y robado todo el contenido y continente, con la aquiescencia de las llamadas autoridades. A veces pienso que gracias a Dios no tuvo que ver destruido todo aquello que fue su medio de vida y la de sus antepasados

   Es curioso, como cuando cogía higos para los marranos en aquellos enormes cubos de zinc con las manos llenas de grietas del látex de las higueras, con el tremendo calor de la una de la tarde, ansiaba escapar de todo aquello. Y ahora daría media vida por revivir algunos de aquellos instantes junto a mi padre. Como dice Jules Renard, "la vida no es tan larga: no da tiempo a olvidar a un muerto".

  En fin…

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Comentarios No se olvida

Hola, Pepe: Tu historia me ha conmovido. Recuerdo cuando murió tu padre que pusiste su vida en tu blog, y también me impactó. Estas son cosas de la vida real, no de la imaginada o impostada, como a veces la queremos que se manifieste.
Claro que se quieren revivir aquellos días en los que estabas con tus padres en el campo, porque eran momentos claves en la vida familiar, cuando uno empezaba a conocer el mundo. Lo que uno aprende de sus padres, y bien vivido y aprendido, no lo olvida nunca. Mi padre era más o menos del tiempo del tuyo y le pasaba igual con la comida y con las tareas del campo, desde que dejó de ser emigrante. Todo lo aprovechaba y sembraba hortalizas y siempre las daba a los del pueblo y a los de los pueblos vecinos con los que se relacionaba.
Y cuando se trata de uno mismo, las cosas hay que verlas igual. Tratemos de pasar estos años bien, sin ser demasiado fuertes ni demasiado sufridores, aceptar la vida como vaya viniendo -que eso no quiere decir que te quedes de brazos cruzados y "a verlas venir"- y que vayan sucediéndose los días. Así, con la seguridad que dan los años - que las enfermedades se alejen de nosotros, aunque no las perderemos de vista-, esperar estoicamente a que la vida nos deje. Que eso no será algo excepcional, pero que a mí o a ti no nos dejará impasibles, porque reconoceremos - o reconocerán, ojalá- que hicimos algo por los demás, igual que por nosotros lo hicieron otros. Y como decía Tierno Galván, que puedan poner en nuestro epitafio: "Aquí yace una buena persona". Con eso casi me conformo.
Cristóbal Cristóbal 08/03/2016 a las 16:58
Que la vida es un soplo.
Y que el soplo es la vida.
Siempre queda ese grandisimo agradecimiento por haber compartido nuestra historia junto a ellos...el tiempo calma el dolor, pero crece la añoranza.
Un abrazo.
isabel. isabel. 08/03/2016 a las 18:47
Gracias Cristóbal e Isabel, por vuestras bellas palabras.
Émouvant je conprend!!!
CLARA CLARA 09/03/2016 a las 12:55

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