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Juegos antiguos

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Pieter Brueghel el Viejo: Juegos de niños

Kunsthistorisches Museum. Viena

 

   Siempre me llamó la atención ver en los cuadros de los maestros flamencos las escenas de la vida cotidiana representadas con una frescura sin aditamentos. Mientras en España se practicaba poco la representación de la realidad y los personajes de la vida diaria, y, aunque con notables excepciones, se daba prioridad a la pintura religiosa y a idealizaciones de tipo mitológico, da gusto ver en esos cuadros de varios siglos de antigüedad a hombres y mujeres entregados a sus quehaceres, a sus divertimentos, a niños que hacen travesuras y muestran una expresión pícara en sus rostros regordetes.

   Una de las salas sin duda más hermosas del Kunsthistorisches Museum (museo de historia del arte) vienés es la dedicada a Pieter Brueghel el Viejo. Cuelgan en ella algunos de los cuadros más famosos del maestro flamenco, como el la torre de Babel, con su minuciosa descripción de la ingeniería y los trabajos manuales de su tiempo, o los de la serie de las estaciones del año.

   Uno de los que más llama también la atención del visitante es el que representa los juegos de niños. Vemos entre ellos el juego del aro, el de la taba, ese huesecito de la pata de un cordero que se arrojaba al aire para ver por qué lado caía. Otros muchachos juegan a la pídola, un equivalente del potro, al salto del burro, que decíamos en mi barrio. Uno de ellos dobla la cintura, se encorva para que los otros salten por encima de él. Juegos de niñas (la comba o el tejo), juegos de niños (el rongo o las bolas), juegos mixtos como el pañuelo, corros en los que “la madre” reparte suertes en diversos juegos de acertar una planta o un amorío (¡Ciminicerra! / Cantaba la perra / Era un arbolito de cierta manera. / ¿Cómo era?...).

    Son juegos cuyo origen se remonta a muchos siglos atrás –el de la taba, o el lapo, como le llamábamos nosotros, tiene posiblemente origen griego– y que los españoles llevaron luego al Nuevo Mundo. Juegos que aquí seguíamos practicando quienes éramos niños en los años cincuenta y sesenta, en los largos y pobres años de la posguerra.

   Desconozco si todavía se juega a la taba en algún país europeo, tal vez en alguna aldea perdida de Centroeuropa. Pero en la España del desarrollo y del urbanismo desencadenado, como en otros países del Occidente europeo, esos juegos sencillos y sanos, que se practicaron durante siglos, parecen haberse perdido para siempre en cuestión de sólo unas décadas. Un signo más de la aceleración de los tiempos que vivimos.  

   No es difícil ver a niños que se pasan horas sin moverse, que no prestan atención cuando te los presentan y ni siquiera fijan la mirada sobre la gente, que les trae sin cuidado. Absortos en lo que oyen a través de sus auriculares o en la pequeña pantalla de su teléfono móvil, les trae sin cuidado de lo que sucede en su más inmediato entorno, absortos en su propia realidad virtual les trae sin cuidado fomentar su propia creatividad.

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