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De la honestidad

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    Hace tiempo que la busco pero todavía no he podido encontrarla. Miro a la calle desde mi ventana y no la veo. Camino mirando de soslayo los escaparates de la ciudad y tampoco. Navego por las procelosas aguas de la red de redes y no emite la mínima señal de su existencia. Vigilo sus sonidos y no los percibo. Observo por el plasma de treinta y tantas pulgadas y no soy capaz de descubrirla. Sospecho que puede hallarse en peligro de extinción. Ante mi avistamiento baldío pregunto a los conocidos y ante el mutismo y el encogimiento de hombros como única respuesta tengo la sensación de que han corrido la misma suerte.

   Todavía no me han comunidado dónde puedo dar con la honestidad.  Sí, esa cualidad de la que presumen sobre todo quienes carecen de ella. La honestidad en todos los sectores de la sociedad. Me gustaría saber dónde podría atisbar un resquicio de honestidad en la política, en el mundo de las finanzas, en el ámbito empresarial, en el terreno deportivo, en todas y cada una de las responsabilidades. Incluidos los medios que nos informan o desinforman.

    Debe ser que resulta muy difícil proceder con honestidad en todas las circunstancias. Tampoco aguantarla como premisa de la vida sin que se desmorone. Prima lo más fácil en el menor tiempo posible con el máximo de beneficio. Solo interesa, en ocasiones, la afinidad en la ideología, en el credo religioso, en el gremio profesional. El resto no cuenta. Una gran parte de las personas, ya en la edad adulta, ve cercenada su honestidad en el segundo paso que dan, quizás sin darse cuenta de ello. Actuar con honestidad. ¿Cuándo? En el momento más beneficioso. Por supuesto. Casi todos. ¿Dónde? En el lugar más conveniente. Ciertamente. Casi todos. Sin embargo, ¿Quién se lanza a avalar una honestidad inquebrantable? La ejemplar se cuestiona, la inalterable se socava, la incorruptible se mancilla, la intachable se empaña, la honestidad reconocida se erosiona. Es difícil mantener una honestidad sin fisuras, sin goteras.

   Cada vez cuesta más comprender la indiferencia de un gran número de ciudadanos, que aceptan estoicamente, o bien jalean y justifican, los escándalos de corrupción y latrocinio de los servidores públicos como si fuera algo  que forma parte de nuestra cotidianeidad. ¡Qué daño nos ha hecho y qué argumentos gratuitos se le han dado a los que, envueltos en banderas separadoras, han seguido haciendo la labor de zapa que nos lleva a situaciones probablemente ya irrevesibles.

 

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