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Fotografías olvidadas

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La cámara, es decir en la parte superior abuhardillada de mi antigua casa, hacía las veces de almacén de paja y bálago para el asno o las ovejas. Y también el lugar donde colgaban de sus vigas de madera los productos de la matanza: morcillas, chorizos, longanizas y algún salchichón y butifarras artesanales, embutidas en formas irregulares. Y donde se conservaban los productos del verano para ser consumidos en invierno: granadas, melones, uvas, pimientos en grandes sartales o ajos blancos primorosamente trenzados en ristras.

   Esas cámaras servían también de desván para los trastos que fueron quedando inservibles en una época en que no se tiraba nada. Recuerdo que  anduvieron muchos años rodando y cogiendo polvo fotografías enmarcadas en forma noble, aunque con una nobleza ya ajada por la incuria, de  personajes que nadie me pudo explicar con detalle sobre su historia, sin duda olvidados irremisiblemente, al desaparecer el último ser que pudo dar cumplida noticia de ellos.

   Recuerdo que la diferencia más notable entre los antiguos retratos y los actuales es la actitud del modelo frente a la cámara fotográfica. Entonces, ya se tratase de fotografías institucionales o familiares, las gentes adoptaban una pose sería, erguida, orgullosa en los hombres mientras que las mujeres, sin dejar de posar con esa dignidad requerida, aparecían sentadas y con una levísima sonrisa bajo una mirada más o menos serena y soñadora. Quedaba claro que lo que se fotografiaba era una representación social, de la familia, de su jerarquía, de sus valores. Ni un atisbo que permitiera vislumbrar la vida emocional del modelo más allá de su estricto rol social.

  Hoy en día, por el contrario, la gente prefiere exhibir en sus fotos su estado emocional, sea este más o menos sincero. Es la exhibición pública de la emoción, de lo íntimo, de lo estrictamente personal, a la que estamos acostumbrados por las redes sociales e Internet. La gente necesita comunicar su estado de ánimo, exponer sus emociones, pero dicha exposición acaba convirtiendo la interioridad y las emociones en un mero espectáculo más de la industria del divertimento de la que sacan rendimiento económico las empresas (facebook, twiter…) que comercializan los sentimientos y la vida privada de las personas.

  En este comercio de lo íntimo la gente es presentada como un producto más en la industria del espectáculo y por tanto como un producto que debe venderse. La mejor forma de presentar esta venta es con la sonrisa, y la gente sonríe para venderse. Sonrisas expuestas en el escaparate de la venta de intimidades a la búsqueda de seguidores en las redes. Sonrisas como envoltorios brillantes en que las intimidades conforman un producto más en la industria del espectáculo. Mundos ficticios y virtuales no hechos para comunicarse sino para seguir alimentando el mundo paralelo del entretenimiento en el que algunos avispados se hacen millonarios. Y los hay que ya no distinguen entre esa ficción y la realidad.

 Aquellas fotografías antiguas de mi antigua cámara-desván se perdieron irremisiblente, primero entre el polvo y los cachivaches. Luego, definitivamente, quizá en una hoguera para trastos viejos: esos personajes tuvieron la culpa de haber vivido en otras épocas y haber llegado a tiempos en que ya se habían hecho acreedores al olvido. O eso queremos creer para acallar nuestra conciencia tras un tenue encogimiento de hombros. 

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