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Mi fe en los árboles

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En aquel jardín luminoso que fue la infancia, aún recuerdo cómo eran nuestros amigos los árboles. Los veía verdear en el monte familiar, el de cada día, separando viñas y hazas de cebada y arveja. Los almendros moteaban ese monte en febrero con tonos blancos y rosados.  Los olmos eran un regalo verdeoscuro, protegiendo las blancas caserías sobre tierras rojizas. Me gustaban sobre todo los que se veían a lo lejos orlar la carretera de Levante, porque señalaban el camino a las tierras del Gran Khan, siempre caminando sobre tierra firme.

Eran serenos, poderosos y místicos. Podías auparte a ellos, colgarte en sus ramas, escalar a lo más alto en busca de un nido de verderones, o agazaparte con seguridad atávica en sus ramas mientras echabas a volar la imaginación virgen pero ya llena de imágenes adquiridas en el cine de verano. Recuerdo que en aquellos años me gustaba encontrarme con un árbol donde quiera que fuera. O verlos como la promesa de una amistad desde mi pequeña atalaya, ya fuera en verano, pomposos de hojas y secretos, o en invierno, desnudos como una lágrima o un beso. Pero lo importante, lo verdadero, es que allí estaban. Y no digamos cuando se desataba una tormenta: entonces ellos eran los héroes que desafiaban a los titanes celestiales, recibiendo luego con los primeros rayos de sol la corona cálida de la victoria.

Más tarde, en aquel jardín de la infancia que con los años se ensombrecía, descubrí los árboles del amor, e hice muescas en sus troncos y probé sus frutos: los de la pasión y el desengaño.

Y ahora, en esta edad, la madura, después de que se haya ceñido la noche en ese jardín de la infancia, los árboles ya no se ven, los caminos se han hecho más anchos y polvorientos, como otras tantas cosas verdaderas que en aquellos tiernos días las experimentamos diáfanas y vívidas. Pero precisamente por haberlas vivido sabemos que existen, aunque no las veamos. O eso queremos creer.

Cuando vuelvo a aquel lugar de mi infancia veo que el Edén se ha agostado, los álamos se han vuelto ralos y ya no separan viñas ni dan sombra a caserías, destruidas y vandalizadas, sin que nadie haga nada por evitarlo. Es mejor despreocuparse, taparse los ojos y pensar que los árboles siguen allí, lozanos aún, vivos.

Apelaremos, pues, a la fe, a la misma que mueve montañas y planta árboles, en vez de cortarlos, cercenarlos, quemarlos, apartarlos de los sueños. Hoy tocan los testimonios del alma. Por ello, aprieto los puños y pienso que aquéllos que talan árboles, aquellos que los destruyen, o no tuvieron infancia o, sencillamente, han perdido su fe.

 

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Comentarios Mi fe en los árboles

Diría, mezcla de melancolía, humor y optimismo. Me gusta
María Ballent María Ballent 20/06/2017 a las 19:55

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