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Elogio del paseo

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   En mis tiempos mozos se paseaba mucho, sobre todo en las tardes de domingo. Era un acto social, con sus reglas no escritas. El Paseo, la Plaza, las calles predispuestas a tal acto, de cada pueblo eran el lugar o los lugares donde nacían y crecían muchas relaciones, noviazgos, que empezaban con una mirada o un piropo, hasta que la chica que te gustaba accedía a colocarse en uno de los extremos del grupo. Así se iba avanzando, avanzando hasta que un día el grupo te soportaba para ir al cine o entrar en un bar, con lo cual estaba andado gran parte del camino hacia el juego amoroso.

   Luego el paseo en el sentido susodicho se fue desprestigiando, el “tontódromo” se le llamaba hasta que desapareció hasta de los pueblos menos cosmopolitas, y la trabazón de relaciones pasó a otros lugares.

  Hoy existen otras formas de entender el paseo y las finalidades a perseguir, y se efectúa con otros fines de los que quedaron en nuestra memoria y casi siempre se efectúa caminando sin prisa pero sin pausa y por donde sea (el bosque, la ciudad, la playa o el museo). Me ceñiré a tres modalidades del pasear más habituales, diferenciadas y hasta contrapuestas.

   La primera es el paseo como puro ejercicio físico. Si el paso es rápido, se hablará de andar, y no de pasear; pero en cualquier caso es algo bien sano para el corazón - el movimiento de piernas agiliza la circulación-y la mejor medicina para equilibrar los niveles de azúcar y colesterol. Poco importa que vayamos por la montaña, la playa o las calles de la ciudad y contemplemos el bosque, miremos el mar o veamos personas trajinantes, distraídas o alienadas. Es este un paseo neutro, por así decir; pero bien provechoso, ni que sea por darse en silencio.

  La segunda forma es la paseada que damos solos y ensimismados. La canonizó, en la historia del pensamiento, el a ratos desconcertante y contradictorio Jean-Jacques Rousseau en sus póstumas Rêveriesdu promeneur solitaire (Ensoñaciones del paseante solitario),diez paseos de quien se sentía, "en el fondo del abismo, pobre mortal infortunado pero impasible" y "no quiere sino ocuparse" de sí mismo. Eran paseos de autocontemplación: mirándose al espejo del qué guapo soy o revolviéndose en su propio infortunio y creyéndose víctima de los demás. Tales paseos suelen ser ensalzados como antídoto a la alienación de la cotidianidad y de los medios de comunicación, pero en el fondo tienen grandes riesgos.

  El tercer tipo de paseo es el de quienes dialogan. Y hablo en plural, pues ya no pasea en soledad sino en compañía. Aristóteles y los peripatéticos (literalmente, los paseantes) lo vincularon para siempre con el pensar. Sirve también de ejercicio físico y a la vez suscita la reflexión, pero una reflexión no solipsista - autocomplaciente o autoflagelante-sino compartida: en voz alta, abierta a la objeción y enriquecida por puntos de vista ajenos. Variante de este enriquecedor tipo de pasear era, si en un recinto reducido lo hacían más de dos, la de los jesuitas de décadas pasadas: uno o dos de ellos andaban de espaldas frente a los otros para poder verse todos el rostro; y al final del espacio hábil, invertían el sentido de la marcha. Siendo dos, paseando uno al lado del otro hay diálogo; mas siendo al menos tres, el de en medio separa a los otros dos. Lo importante es favorecer el diálogo.

  Me gusta pasear solo, recreándome en detalles sin aparente importancia. El paseo puede ayudarnos a soñar, al paso que el "encanto de sentir" nos libera de tal modo que las ideas pueden progresar "sin resistencia". La repetición melodiosa -de pasos, de viejas canciones- se asemejan a bloques de piedra sobre los que se alza el edificio del paseo, sin épica, sin drama. Andar sirve para pensar, para desconectar, para meditar, para respirar... para vivir.

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