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El destino

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A veces se encuentra uno con se tipo de personas que buscan, y dicen encontrar el equilibrio a través de eso que llaman destino.  Puede admitirse el peso de la suerte como un conjunto de signos encadenados que portan una cierta fuerza magnética en determinadas circunstancias, esas que entendemos como acontecimientos significativos, pero muchas cosas se pueden decidir y no deben encontrar acomodo en el determinismo.

En el peor de los casos, se aplica el código del porvenir únicamente ante los golpes inasumibles de la vida. A muchos les alivia pensar que, puesto que el reloj no puede ir hacia atrás, algo “estaba de pasar”, “estaba de Dios que pasara”, hasta tal punto que, incapaces de remontar los reveses de esa falsa providencia, se olvidan de que el camino a seguir depende de su propia voluntad y no de incontestables decisiones divinas.

 Las casualidades, inciertas y llenas de contradicciones, nos causan terror. Es cierto que hay fatalidades que parecen conspirar, casi en espiral, contra los anhelos como si fuésemos marionetas manejadas por un demiurgo rencoroso. Pero tampoco existe un solo momento privilegiado de nuestra existencia que no esté firmado por el encanto de las casualidades. Como nos descubre Milan Kundera en ‘La insoportable levedad del ser’, “lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo, solo la casualidad nos habla”.

Y el amor y el desamor surgen bajo la impronta de lo casual, aciaga a veces y dichosa otras. Uno nunca sabe lo que le va a deparar el destino. Hay tipos encantadores casados con mujeres odiosas y mujeres sublimes liadas con fulanos vomitivos. Te subes a un tren pensando en llegar lejos, el tren descarrila y de manera inesperada descubres que el del accidente era precisamente el único lugar al que valía la pena llegar. No cabe más que encogerse de hombros ante los infinitos derroteros que pudo tomar la vida y sin embargo tomó el que tomó.

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