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Un Día del Libro

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Mañana, 23 de abril, de celebra un nuevo Día del Libro. Los animadores culturales tratan de llevar a cabo eventos que estimulen la participación de los potenciales lectores y todos los años se repite lo mismo, gincanas literarias, la lectura casi monocorde de El Quijote a cargo de personalidades variopintas, como si se tratase de una competición de relevos,...

No digo que tal celebración rutinaria esté mal pero de lo que se trata precisamente ese Día es recordar lo que ha dicho Emilio Lledó: "¿Se imaginan un mundo en el que digamos que dentro de siete meses nadie va a leer? Puede pasar". La lectura es un verdadero placer, inexplicable para el que pasa de leer un libro por aquello de apenas tener tiempo.

Lo robaba la televisión, enemiga de la lectura. Como ha dicho el escritor J.A. González Sainz, "aprender a leer es aprender a vivir". Una fábrica de goce, de dicha, el leer. Un verdadero placer si tras el aprendizaje alguien profundiza en el aprendiz y le crea el hábito de la lectura.

Pero por desgracia, ahora quienes crean un hábito sucedáneo son los amos de la tecnología. Catequizan a millones en todo el mundo, "pulgarcitos/as" que con sus pulgares teclean a diario en sus móviles con gran destreza digital y habilidad comunicativa.

Leen pero nadie les enseña de verdad a leer; a discernir, a reflexionar, a aprender. Y se refleja en el lenguaje. Se habla de cualquier manera, al revés de lo que significa. Por ejemplo, "hasta luego" cuando a quien nos dirigimos no lo vamos a ver ese mismo día que es el significado de esa expresión.

Hay muchas más. Nos estamos olvidando de llamar a las cosas por su nombre y da igual. Lo ha dicho Luis Goytisolo: "Estamos llenos de disparates que la gente asume con normalidad".

Me gustan los Días del Libro, temperatura suave, olor a primavera. El Día del Libro sirve, entre otras cosas, para comprobar que se escribe mucho y, además, para preguntarse si merece la pena leer y olvidar. No sólo lo que aparentemente resulta bueno e inolvidable, sino lo insustancial.

El libro no está lo suficientemente valorado por muchos escritores. Otros, a lo largo de su vida, han mostrado mayor respeto por él. A T. S. Eliot, por ejemplo, le preguntaron por qué no escribía más y respondió: "Para dar ejemplo. El principal enemigo de la buena literatura es que los escritores tengan necesidad de ganarse la vida con lo que escriben. El resultado de esa necesidad es que todos ellos sucumben a tres demasiados: empiezan a escribir demasiado pronto, escriben demasiado rápido y escriben demasiado".

Despojada de sus nobles y fingidos propósitos, la lectura es verdad que sirve para ir tirando en la vida. Y nos recuerda hasta qué punto el olvido es fecundo.

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