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Cementerio amortizado

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Se había construido un nuevo cementerio y el antiguo, el que quedaba dentro ya de la población, había que vaciarlo poco a poco. Muchos trámites, demasiados trámites para trasladar unos restos. Rafael, mi compañero de trabajo, había negociado por un precio módico con el sepulturero Vicente, Vicentillo, pequeño, renegrido y con un bigote ralo, la apertura del nicho, que contenía el cuerpo de la abuela de Angustias, la mujer de Rafael. Un sobresueldo con el que sobrellevar los tiempos de crisis.

Fui con Rafael; me dio esa confianza, y con la hija de la sepultada cinco años antes, Manuela, suegra de Rafael y con uno de sus hermanos varones. Atravesamos en silencio el cementerio, los largos edificios de nichos encalados. La tarde era clara y serena, de la cercana iglesia llegaba con nitidez el sonido de las campanas. Sobre una escalera portaféretros esperaba el sepulturero Vicente, ya con los útiles de albañilería, la llana, el palustre, la picola, la maza, la amasadera con yeso y varias rasillas.

Con pocos y certeros golpes y haciendo palanca con la picola retiró la lápida de mármol, negra, con una cruz en escorzo y unas letras con el nombre y la edad de la finada. Con uno cuantos golpes más se rompió la pared de yeso y ladrillo del nicho y se extrajo el ataúd de madera carcomida.

Manuela se había sentado en la esquina de una tumba cercana, como una matrona que asistiera, muda, a un parto sin milagro. No dijimos nada. No hubo allí ni el llanto ni el descanso de la muerte. Recuerdo el cabello astroso de la mujer pegado a su calavera, sus manos rígidas como sarmientos retorcidos. Sólo se oía al enterrador/desenterrador partiendo los huesos como ramas de leña reseca.

Todos los restos, ya sin forma humana se fueron echando a una bolsa grande de las negras de basura. El hijo tuvo un impulso de besar aquellos restos, pero se contuvo. La bolsa se cargó en el maletero del Ford Mondeo y nos dirigimos al cementerio nuevo, donde esperaba con el nicho abierto el otro enterrador, yerno de Vicente.

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