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Bromas y humor

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   Hay veces que si respondes a un bromista recalcitrante con una broma de tu propia cosecha llega el hombre a tomar el rábano por las hojas y a ofenderse. Probablemente no ha captado tu buena intención y lo que era una simple broma es tomado como ofensa. O también al que, con lógica infantiloide, hablas de forma irónica y te toma al pie de la letra, sin darse cuenta que los andaluces, exageraos, decimos millones cuando a lo mejor son ocho o diez.

   Uno de los peores signos de la degradación de la convivencia es la falta de sentido del humor. Cualquier persona civilizada debe saber convivir con el humor, y no sólo eso, sino debe disfrutarlo y fomentarlo en la medida de sus posibilidades. Y el mayor grado de civilización que se puede alcanzar en esta vida consiste en saber reírse de uno mismo, aceptando las bromas de los demás con estoicismo y con indulgencia. Si no se trata de una agresión injuriosa o demasiado pesada, lo más juicioso es aceptar las bromas sin darles importancia, porque con frecuencia la persona demasiada pagada de sí misma es la que da pie a que se rían de ella. 

   La experiencia histórica nos enseña que las peores épocas son aquéllas en las que no se admite el más mínimo sentido del humor. Si pensamos en la España de Franco, o en la Alemania nazi, o en la Rusia de Stalin, no podemos encontrar nada comparable al humor, a no ser los bromistas profesionales que se ponían al servicio de los tiranos para ridiculizar a sus enemigos políticos y a todos los que les molestaban. Los funcionarios de esas épocas, siguiendo una iconografía cercana al “malo de película”, suelen representarse como seres adustos, con gafas negras y con un rictus que infunda terror.

   No hay ningún sistema totalitario que tolere la alegría o la diversión, porque todas las bromas e incluso los chistes más inocentes se consideran elementos sospechosos que pueden ocultar alguna motivación de indisciplina política. ¿Conocemos a algún humorista en el Irán de los ayatolás o en la Arabia de los jeques petroleros? Pues claro que no. Si alguien se ríe en esos países mientras va caminando por la calle, es posible que acaben azotándolo por blasfemo o por hereje, o cuando menos por haber incumplido alguna norma del férreo código de conducta pública. En ese tipo de países, no lo olvidemos, hay una "policía de las costumbres" que vigila la conducta personal de cada uno.

   Acepto todas las bromas, siempre que no sean de mal gusto u ofensivas, me gusta reírme con los que ostentan una gracia natural, esas personas cada vez más escasas que son prontas para la respuesta aguda, el comentario mordaz; nunca la gracia mojonera de esos graciosos de ¡Ojú! y hablares sincopados que, presuntamente, ejercen de andaluces. 

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