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¡Ay, el verano!

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    TAGS:undefinedAvanza agosto y, burla burlando!, ya estamos en ferragosto, como dicen en Italia. Las calles de estas ciudades interiores calurosas y tórridas se despueblan y sobran aparcamientos a derecha e izquierda. A algunos se nos manifiesta un carácter depredador que en el resto del año pasa desapercibido. Es como si en lo más profundo de nuestro hipotálamo cerebral se encendieran ancestrales señales neandertales que nos empujaran, a pequeña escala, a reivindicar ese antepasado cazador que todos llevamos dentro.

   Basta que la temperatura exterior observe un repunte bochornoso para que rescate del fondo del armario donde guardo los trastos inverosímiles una varilla de plástico finalizada en paleta y la utilice como un apéndice flexible del brazo a modo de rudimentaria arma de destrucción selectiva. Como el hombre de las cavernas que acechaba a sus presas, inmóvil en el entorno, así actúo yo. Espero que el bicho se pose. Que nada tema. Que se acerque sin presumir lo que le espera. Es entonces cuando la adrenalina fuerza un latigazo: ¡Zas! Otra mosca estampada. El resto de congéneres, muy habituales en estos tiempos, salen volando. Pero sólo hay que esperar a que el momento del golpe se olvide para que los insectos en cuestión vuelvan a las andadas. Y ahí, el matamoscas vuelve a silbar y a impactar contra el elemento sólido sobre el que el animal en cuestión se ha terminado posando.

   Sé que algún grupo animalista o personas muy identificadas con los derechos de los bichos considerarán este comentario una crueldad. Las moscas, me dirán, no hacen nada. Ni pican ni muerden y además tienen su objeto social en la naturaleza. Les creo. Pero su especial capacidad para tocar los cataplines del personal hace que mi psiquese embrutezca y observe a estas pequeñas máquinas voladoras como un objetivo a eliminar. Pido perdón por ello, aunque me sienta como el señor de las moscas.

   Hay cosas previsibles en el verano. No. No hablo de las cervezas que ávidamente se trasiegan en esta temporada. Ni del amodorramiento vespertino tras la comida que deviene en siesta. Ni de la operación salida, ni de las caravanas, ni los activistas de los “pueblos oprimidos” que ahora juegan a atacar a los turistas No. Me refiero a cuestiones específicas de la estación. Por ejemplo, que escriba estas líneas con una lumbagia y una tortícolis del demonio. Sólo ocurre en estas fechas. Pasa por mirar horas y horas al cielo esperando que aparezcan las perseidas, esos meteoros que cruzan el firmamento como estela de un cometa que se acerca a la tierra en la noche de San Lorenzo. Todos los años la misma historia. ¿Dónde está Perseo? A la derecha de la Osa Menor. ¿Y ésta formación? Multiplicas por cuatro el eje de la osa mayor y allí la encuentras. Bueno, que es más fácil encontrar un unicornio o un Nessie del lago Ness en estos tiempos vacacionales que el cuadrante del firmamento.

  Fijado el punto donde mirar, permaneces atento, casi sin respirar, y esperas. Entonces, la persona que está a tu lado te dice; “¿Ya la has visto? Ha cruzado por allí” (a 180 grados de donde tú dirigías la mirada). “Otra”. “¿Otra? ¿Dónde?”. “Por allí, por allí”. Y tú retuerces el pescuezo sin conseguir ver nada. Así que de tanto estirar el cuello consigues que las lágrimas te cieguen de dolor cuando Lorenzo está en el punto más alto al día siguiente.

   Agosto suele ser un mes pródigo en declaraciones estúpidas y en culebrones artificiales que sólo ponen en evidencia a quienes las promueven como un intento desesperado de notoriedad sin sentido. Pero siempre nos quedará un Trump y un Kim Yong Um lanzándose bravatas y con cada “¡Y tú más!” los especulatas bajistas se dedican a enriquecerse destrozando los mercados.

   ¡Otra! ¿Lágrima de San Lorenzo? ¡No, mosca! ¡No, ola de calor!, La no sé cuantésima. Y me río por no llorar. Como por ser año impar no hay ni Eurocopa, ni mundiales ni olimpiadas, pues me río de Janeiro. No hay otra, ¡Ozú!

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