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Ars moriendi

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  "Ni la muerte ni el sol pueden mirarse cara a cara", escribió La Rochefoucault en una de sus típicas sentencias. La muerte, en efecto, desconcierta siempre por sus paradojas y contradicciones: es lo más obvio y natural, pero también lo más incomprensible y ajeno al ansia de inmortalidad que el hombre lleva en su interior.

Existen realidades que están ahí, y que tratamos de marginarlas de nuestra vida cotidiana. Una de ellas la muerte, que es instantánea; aunque hay que distinguirla del morir, que a veces es un largo proceso doloroso que la precede. Es totalmente legítimo que quien se ve sometido al sufrimiento intente escapar de él, que busque alivio en el cuidado y reclame unas normas jurídicas para no verse abocado y condenado a una agonía insoportable. "Morir con dignidad", "morir bien", "derechos de los que mueren", son algunas de las muchas fórmulas, que describen esta realidad y que se resumen, recurriendo apresuradamente al término antiguo de eutanasia. El término de referencia tendría que ser el que con más nitidez define hoy la condición de ser humano: su dignidad.

   Sabemos que, más tarde o más temprano, nos va suceder a nosotros y, sin embargo, vivimos como si eso nunca nos fuera a pasar a nosotros ni a los nuestros y, de esta manera, nos pilla sin los deberes hechos y nos deja fuera de juego. Los niños no pueden participar en los funerales de sus abuelos porque se pueden agobiar. No podemos hablar de la muerte con el enfermo terminal, pobrecito, y lo sometemos al más duro e inmoral de los ostracismos justo cuando lo que necesita es liberarse de la angustia que lleva dentro (porque el que se muere sabe que se está muriendo).

   En vez de morir en casa, lo llevamos a morir al hospital, terreno extraño e inhóspito para dar el último adiós, enterrado muchas veces en una maraña de cables y artefactos sin una mano amiga. ¿El duelo por el ser querido se reduce a la mínima expresión, como si aquí no hubiera pasado nada? Es absurdo, nunca antes hemos visto tantas muertes virtuales a través del cine, la televisión o los videojuegos; pero nunca antes nos ha costado tanto prepararnos para el hecho ineludible de que vamos a morir. Es urgente recuperar un ars moriendi, para sacar el máximo partido a la vida, para saber acompañar adecuadamente a los pacientes terminales.

   La festividad de difuntos puede ser una buena ocasión para plantearnos esta cuestión.

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Comentarios Ars moriendi

Cuánta razón llevas, es una reflexión estupenda.
Aunque igual tememos más a la enfermedad que a la muerte, morir es seguro y todos lo sabemos, es verdad que hay muchas personas que evitan hablar de éste tema, es tabú.
Ahora la iglesia ni respeta tu última voluntad para que tus restos descansen donde tú quieres.
Un abrazo.
MarinaDuende MarinaDuende 30/10/2016 a las 10:58

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