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Amores de verano

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   ¿Quién no pasó varios días recordando aquella sonrisa, que se manifestó después de pasar muchos días, un año tal vez, y éramos como transparentes, indiferentes? Pero una vez nos sonrió y pasamos noches de insomnio preguntándonos como le hablaríamos, cómo pasaríamos delante de ella mirando de soslayo, tratando de ocultar nuestro rubor.

    Me gusta la frase "El amor es ofrecer lo que no se tiene a quien menos lo necesita". La frase es de Lacan, del cual mi amigo Lucas, psicólogo de viejo cuño y psicoanalista, se declara ferviente seguidor. Tengo por claro que en el amor, como en la selva, rige la ley del más fuerte.

Los depredadores emocionales no son muy distintos a los grandes felinos de la manada o los tiburones financieros. Se engominan y acicalan esperando al incauto o incauta, y, una vez en sus garras, lo devoran poquito a poco; y el feliz enamorado ni se percata hasta que se da cuenta de que le han cercenado el corazón.

   Ahora que he llegado a la madurez y con ella han aparecido los dolores de lumbago, me doy cuenta de que, exiliados o no, la mayoría de nosotros somos candidatos idóneos para salir damnificados del romance. Somos conquistas fáciles. Pastamos tranquilamente en prados y playas como esos turistas absortos en sus abrevaderos llenos de cerveza, mientras criaturas de ojos amarillos y perfume arrebatador acechan desde sus guaridas, -ya sean despachos, poltronas, terrazas veraniegas o cuarteles de invierno-; estamos totalmente desprotegidos ante sus artes de seducción.

   Podrán ser mejores o peores amantes, eso no importa. Nuestra entrega es total. Ellos deciden por nosotros. La bebida, la música, si en la arena o el hotel. Caeremos rendidos y parecerá insoportable la vida sin ellos cuando volvamos a casa, descompuestos y sin novio/a.

   Recordaremos aquellas noches de verbena y embeleso, aquel amor de verano tan efímero como intenso y doloroso.

Así que, queridos ciudadanos-ñúes, tengan cuidado con esos vampiros que pueblan nuestro destino, el turístico y el otro; porque su promesas de amor son falsas; y aunque luego vayamos a quejarnos en manada o de estampida, no asustaríamos ni a un lemur con una subdirección en el bolsillo. El amor es así, como nuestra madura y ya casposa democracia, a la que le buscan rotos por todas las costuras.

Siempre pierde el más débil, el que más confía, el que menos culpa tiene. ¡Ay, pero qué guapo/a era! Suspiro y no quiero pensar en que el talle de avispa solo encaja ya en la moda saco.

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